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Terapia en la taquería

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madre tomando a hija de la mano para cruzar la calle

“Tú, cállate”, me dice mi amigo el psicólogo cuando sollozo que todo lo hago por mi hija. “Déjala que hable”. Me mira fijamente y remata con tono firme, pero amable: “Estás proyectando en ella tus propios miedos y no la dejas crecer”.

El desayuno se ha convertido en el marco de una sesión de terapia familiar inesperada.

Desde las demás mesas han empezado a mirarnos con curiosidad. Me seco los ojos con una servilleta tan dura que duele y mi hija, avergonzada, me dice en voz baja que pare. El psicólogo le dice que me deje tranquila, que eso es bueno. Yo miro a los que me miran, diciéndoles con la mirada: “dice que eso es bueno, así que disculpen”.

El tira y afloja de los últimos meses me ha dejado exausta. Estoy obsesionada con sus indirectas de “es que quiero ganar dinero y salir de aquí” o “es que la universidad va a ser muy difícil”, y siento que se me acaba el tiempo.

Perdió el contacto con las amigas que ya están en la universidad y, del grupito que optó por el colegio comunitario con la idea de transferirse más tarde, nadie lo ha hecho: empiezan a trabajar y se han acostumbrado a tener un dinero; tienen menos tiempo para estudiar y las ganas empiezan a diluírseles. Yo lo tengo claro: o se va este año o ya no se va a ir.

Por eso me he pasado meses empujándola suavemente, animándola. Y cuando vi que sus notas iban para abajo, coincidiendo con que su novio pasaba más tiempo del que desearía en casa, tuve que decir basta. Por eso, porque el ambiente en casa empieza a ser irrespirable, estamos desayunando con el Doctor Yániz.

Ella dice que estoy tan obsesionada con el rollo de la universidad que la tengo aburrida. Y que mi miedo a que su novio la distraiga de sus metas personales es infundado.

Quizá lo que yo pensaba que eran suaves toques al árbol para que crezca recto, mi hija lo percibe como empujones.

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El doctor me explica que las madres tenemos las mejores intenciones, que queremos evitarles caer en los mismos errores que nosotros, pero que al ser tan protectoras les impedimos trazar su propio camino.

“Cada vez que nos equivocamos, aprendemos una lección, adquirimos una nueva herramienta para seguir avanzando. Si le niegas esa experiencia que se consigue a través de los errores, ¿qué va a aprender, ahora que tiene la fortaleza necesaria para superar fracasos?”.

“Mi mamá cree que…” el psicólogo la interrumpe suavemente: “a ella, a ella, díselo a tu madre. No a mí”. Mi hija se gira hacia mí y el hombre sale a la calle para cedernos espacio.

Me dice que sabe lo que quiere hacer, y quiere tomar sus propias decisiones. Que le cansa que esté preguntándole como si ella no fuera capaz, y que su novio no es un obstáculo para ella, que yo soy la que estoy creando ese obstáculo que en su mente no existe, hasta que empieza a convertirse en un obstáculo de verdad por mi insistencia.

Cuando mi hija era pequeña quise que fuera muy independiente. La animaba a hacer muchas cosas que ella no quería hacer, como irse de cámping a un lago con una familia amiga a los 6 años (sin mí), cuando solamente llevábamos un año en el país.

Tuvo la responsabilidad de cuidar a su hermano desde muy pequeña y fue mi mano derecha en los momentos malos, como hacer toda una mudanza juntas para regresar de Los Ángeles cuando tenía 13 años.

Mientras me hablaba, recordé cuando no podíamos arrancar el furgón con todos los muebles y nos cargamos al hombro el ordenador portátil y un par de bolsas con ropa, y caminamos por el centro de Los Ángeles, casi a medianoche del 31 de diciembre, buscando un hotel donde dormir.

Reviví momentos de aquellos días, intentando bajar una cama de matrimonio entre las dos por el ascensor, subirla a la furgoneta y, como no encontramos hotel, regresar a arrancar la camioneta a como diera lugar, conseguirlo por fin y encontrar un hotel para caer rendidas en la cama a las 3 de la mañana. A las 7 del día siguiente fuimos a enganchar el auto a la furgoneta de la mudanza para conducir de regreso a la bahía. “Nuestras aventuras”, las llamábamos, para hacer de esos desastres un momento especial.

Mi hija ha estado conmigo en lo bueno y en lo malo en nuestra odisea de llegar y vivir en este país. Es más madura que yo y se merece mi confianza. Se merece que le diga que está lista para empezar a caminar lejos de mi vera (qué difícil es eso para una madre).

Le prometí que no me metería más, que estaría allí para cuando me necesitara, pero que no le estaría dando la lata. “Lo del novio es lo único que te pido a cambio”, le dije. “No quiero que se quede a dormir”.

Nos abrazamos y pedí la cuenta. En la taquería, hacía rato que habían apagado la tele porque el reality que tenían delante era mejor.

Clarisse Céspedes
Soy periodista y madre de dos hijos que se llevan 10 años de edad, lo más parecido a repetir curso en maternidad. Después de trabajar en prensa, radio y televisión hispana en Estados Unidos durante casi 10 años, me he pasado al mundo de los internautas y trabajo para BabyCenter en Español. Sígueme en @madreinus y Facebook

3 Comments

    1. ¡Tan cierto! Y es que una tiene que ir cambiando tanto como madre, a medida que crecen los hijos.

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