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Soltar amarras: Ataduras familiares

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amarras

En Japón”, me contaba mi dentista, “el indivíduo se debe al grupo. No está bien visto hacer lo que uno quiere, seguir su propio camino”. El Dr. Fujimoto sacudía la cabeza con resignación al hablar, como si él hubiera sido -o hubiese deseado ser- la oveja negra que había dado al traste con esa creencia.

La familia rige también en la cultura hispana. En Estados Unidos se enseña a los hijos a volar; en nuestras tierras, cuando se les enseña a volar, nos aseguramos de dejar un hilo de conexión al seno familiar.

¿Ataduras ancestrales, del catolicismo (murió por nosotros, ¿vamos a olvidar eso?) o de los tiempos remotos en los que el indivíduo no podía sobrevivir a las bestias salvajes, a la naturaleza sin el grupo? No sé qué será, pero la familia pesa lo suyo entre los hispanos.

Este año asistí a una serie de clases para padres en la escuela de mi hijo bajo el lema “La crianza activa”, dedicada a preparar a los padres para los cambios de la adolescencia, ese momento en que los hijos empiezan a desplegar sus alas.

Cuando nos dijeron cómo teníamos que hablar con nuestros hijos, algunos se pusieron nerviosos y cuestionaron para qué los habían traído allí. El choque cultural era evidente.

Para muchos es impensable tener que negociar tanto: “Mira hijo, yo sé que tú no quieres hacer eso, pero piensa en cómo te ayuda a tí y a los demás, y en las consecuencias de no hacerlo”, en lugar de “¡Levántate ahora mismo de la cama y recoge toda esa ropa del suelo. Que no te lo tenga que volver a decir!”.

Pero la primera frase da al niño control de sus acciones, haciéndolo responsable, mientras que la segunda solo establece la autoridad del padre y una reacción más o menos rápida. La lógica de los americanos va por aquí: establece una comunicación con tu hijo para dejarle claras las consecuencias de sus actos. Apoya pero no dirijas; deja que ellos lleven el timón.

Barco navegando

Soltar amarras

Muchas veces me he arrepentido de haber venido hasta el otro lado del mundo sola. Hubiera sido mucho más fácil quedarme rodeada de mi familia. Todos estos años, la frase constante en mi cabeza era: “si volviera a pasar, no me quedaría”.

Pero el otro día cambié de opinión y me di cuenta de que, si hubiera regresado cuando las cosas se ponían incómodas, no hubiera “labrado” mi camino.

Hubiera sido la hija eterna que salió de los brazos de su padre a los brazos de un hombre y, cuando el hombre falló, regresó a los brazos del padre. El sentido de grupo impide a una mujer emanciparse, eso es lo que creo. Y la emancipación era una meta personal y terrorífica que deseaba alcanzar para lo bueno y para lo malo, en la salud y la enfermedad… antes de casarme con nadie, tengo que casarme primero conmigo misma.

Ese automatrimonio puso a mi hija en una situación difícil, y todos me lo han reprochado. Ella siempre quiso volver, extrañaba a sus primas, a sus abuelos, a su padre; pero algo me mantenía aquí. No era mi pareja ni las oportunidades de trabajo ni el deseo de aventura. Era todo eso junto: el acto de cortar el cordón umbilical, ese hilo que mantiene el rumbo del pájaro que quiere volar cerca del nido.

Como el Dr. Fujimoto, muevo la cabeza con resignación porque no fue lo mejor ni lo peor, sino lo que tenía que ser. Fue mi decisión alejarme del grupo y seguir mi propio camino (sin acritud) con todas sus consecuencias (duras).

Eso que a mi me cuesta tanto, los “made in us” lo hacen de forma natural. Sin reproches y ofreciendo todo el apoyo, pero no la mano.

A los hispanos nos cuesta más y nos lo tomamos como un desaire. Ahora que es mi turno ver cómo los hijos empiezan a volar, tengo que prepararme también porque no es fácil quedarse de observador y ofrecer apoyo sin, en realidad, sacarlos del hoyo.

Nos pasaron este poema de Michael H. Popkin que refleja muy bien cómo piensan aquí. La traducción, que también nos pasaron, abajo.

Letting Go Poem o Poema para soltar amarras

Boats in the harbor are safe near shore
Far from the unknown sea
But just as boats were made for more
It’s the same with you and me.

Those who would anchor their teens with a stone
In hopes of preventing a wreck,
Find that their fears are never undone
And the stone ends ups weighting both necks.

So I give to you a port called home
Where your ship was built so strong
And if you need to harbor here,
You know that you belong.

And I give you the maps you’ll need
That you may set the course
For places I’ll never see,
So go without remorse.

Tilting your sails into the wind
With hope, and vision and courage
I kiss you once, then touch your chin
And wish you bon voyage.

””

Los barcos están seguros en el muelle,
Lejos de los peligros de altamar.
Pero así como los barcos son para navegar
Tú, hijo, un día te irás también.

Aquellos que anclan a sus hijos a una piedra
Esperando salvarlos de los peligros
Verán que sus miedos no terminan
Y que la piedra terminará por hundirlos a ambos.

Te ofrezco un puerto que es tu hogar
Donde tu barco fue construido para ser fuerte
Sabes que aquí perteneces, si necesitas detenerte a recabar.

Te daré los mapas que necesitas para emprender tu viaje
A lugares que nunca conoceré,
Así que parte sin remordimiento.

Izando tus velas al viento
Con esperanza, visión y valor,
Te doy un beso, toco tu barbilla y te deseo buen viaje.

Foto destacada: Amarra via photopin (license)
Foto: I am sailing! via photopin (license)

Clarisse Céspedes
Soy periodista y madre de dos hijos que se llevan 10 años de edad, lo más parecido a repetir curso en maternidad. Después de trabajar en prensa, radio y televisión hispana en Estados Unidos durante casi 10 años, me he pasado al mundo de los internautas y trabajo para BabyCenter en Español. Sígueme en @madreinus y Facebook

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