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Preguntas que no hay que hacer a los hijos

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niño con mochila. Clarisse Cespedes

Mi madre me contaba que cuando era pequeña, y regresaba de visitar a sus primos, no le gustaba que mi abuela le hiciera preguntas que ella, aunque era una niña, notaba que no tenían nada que ver con su estancia en la casa de los parientes sino con las ganas de “husmear” lo que se cocía por allí.

Cuando disputé la custodia de mi hijo, la mediadora me dijo que no debía intentar sacarle al niño información para saber lo que hacía el padre (y continuar envenenando la relación para mal de los niños). Bastaba con un “¿Lo pasaste bien?” cuando volviera de visitarlo, y escuchar lo que mi hijo me quisiera contar.

Ir más allá (“¿Oye, y qué hacía tu papá mientras veías la tele?” o “¿había alguien más en la casa?” se considera, en los tribunales de Estados Unidos, una forma de abuso infantil por intentar manipular la mente de un menor.

Así somos los adultos. Preguntamos fingiendo interés sano o desinterés, pero en realidad conectamos la grabadora interna para pegar la patada más tarde. O para alimentar nuestras inseguridades y miedos. Los niños son víctimas inocentes de esa insidia. A los niños hay que dejarlos al margen de nuestras peleas con los demás y de nuestras propias luchas internas.

Ayer, cuando mi hijo llegó de su campamento, tuve la tentación de hacerle preguntas “de miedo de madre” como: “oye, ¿pero tus amigos te dejaron también sentarte en el lado de la ventana, ¿no? porque cuando te fuiste estabas apretujado en medio del asiento” (y yo quiero que tú seas feliz y respetado, hijo mío). O “¿qué comiste, cuánto, pasaste hambre?” y atajarlo con “¡pero eso es pura basura!” cuando me describía lo que le había encantado el sloppy joe, los pancakes y … ¿barra libre de cereales?!

Las preguntas insidiosas hacen que los niños se creen cuestiones de cosas en las que ni habían pensado porque ellos lo viven de una manera y nosotros lo vemos de otra. Hay que esforzarse por un diálogo positivo, y digo esforzarse porque cuesta más de lo que parece.

Si tu hijo dice que se sintió molesto por esto o por aquello, entonces un buen consejo de madre. Si no, para qué crearle angustia o para qué creárnosla nosotros, poniendo mala vibra al reencuentro que debería ser feliz.

Como me dijo un psicólogo hace poco: “con la mejor de las intenciones y todo el amor del mundo, las madres proyectan en sus hijos sus propios miedos y no les dejan estirar las alas”.

Me contuve y me contenté con lo que mi hijo me quiso contar; preguntas muy inocentes como cuál era la mascota del campamento y qué hacía si tenía ganas de ir al baño por la noche. O si había dormido bien en el saco.

niño bajando del bus. clarisse cespedes Cuando lo vi bajando del autobús sonriente y feliz, dejé que disfrutara el momento con mi entusiasmo y mi antención. Lo dejé hablar y me contó todo lo que quería compartir. No quise poner en duda, ni siquiera con la mirada, que había sido una buena experienca.

Me mordí la lengua y, cuando por la noche me costó lograr que se relajara después de una ducha caliente (a pesar de que lloraba de cansancio y le dolían las piernas) me di cuenta de que había hecho bien manteniéndome al margen. Sus emociones estaban tan agitadas que el regreso a casa podía haber terminado en drama.

Clarisse Céspedes
Soy periodista y madre de dos hijos que se llevan 10 años de edad, lo más parecido a repetir curso en maternidad. Después de trabajar en prensa, radio y televisión hispana en Estados Unidos durante casi 10 años, me he pasado al mundo de los internautas y trabajo para BabyCenter en Español. Sígueme en @madreinus y Facebook
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