Niños

Conversaciones con mi hijo rebelde

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familia en auto

Mi hijo pequeño, lo he dicho muchas veces, es un trasto. Así, sin tapujos. Normalmente peleamos, casi nunca hemos podido jugar juntos porque siempre quiere mandar, y no deja de recordarme que su papá es mucho mejor que yo.

Niños. Grrr…

Pero hay una cosa que hacemos muy bien: conversar. Lo hacemos bien en ocasiones especiales, cuando está relajado y no le obligo a hacer nada. Y esas charlas son una de nuestras mejores conexiones. Nadie habla con él como lo hago yo y él no habla con nadie como lo hace conmigo.

Las conversaciones especiales comenzaron con los viajes de regreso de casa de su padre, hace unos años. Íbamos en el coche y me empezaba a contar cositas que había aprendido, curiosidades, cosas banales. Era su forma de demostrar que estaba contento de verme. Yo le prestaba atención y le preguntaba detalles, o le ampliaba la información si era algo que yo sabía.

Cuando mantenemos una de esas conversaciones, el tono es inusualmente tranquilo. Cambia a la camaradería, una sensación de la que no me ha dejado disfrutar demasiado; se suaviza y las palabras le salen limpias, con una gramática muy correcta. Durante esos diálogo le veo una madurez que no demuestra el resto del tiempo.

Una vez que su abuela viajó hasta aquí, mi hijo me dijo que se iba a vivir con su papá y su abuelita, y lo dejé partir con mi bendición. Al cabo de una semana, pedí verlo y lo primero que me dijo era que no iba a regresar a casa. Lo tranquilicé y le dije que claro que no, que no había problema. Eran momentos tensos en la relación postseparación entre su padre y yo, y entendía de dónde venía la inconformidad.

Cuando lo vi, le pregunté algunas cosas triviales, como quien no quiere la cosa, del estilo: “¿Llevas una camiseta nueva? ¿de qué es, los superhéroes?” y cuando empezó a hablar le dije que se sentara conmigo. Todos entendieron y nos dejaron solos. Me contó sus cosas, me descubrió su nuevo mundo y yo me iba convirtiendo en su cómplice poco a poco, acercándome a su corazón resentido como quien no quiere la cosa.

Cuando su abuelita dijo “vamos hijo, vámonos a casa”, me contuve para no reclamar mi propiedad y frené todos los miedos que me habían acechado desde que el peque nació: que un día me lo quitaran. Le sonreí y me abrazó, así como lo hace siempre, apoyando su cabeza en mi regazo brevemente, con un gesto un poco brusco. Un abrazo de maestra (siempre he visto que las maestras lo hacen así aquí cuando los alumnos se despiden para ir a casa).

familia abrazada

Días después, le pidió el teléfono a su padre y me dijo que quería volver a casa conmigo. Le dije que lo recogería dos días después por la tarde, me pedí el día libre e hice lo que me encanta hacer más que nada en el mundo: me arreglé, me puse mis tacones y salí con mi hombrecito favorito.

Lo fui a buscar y me dio un regalo que me había comprado. Según su abuela, el niño le había pedido que comprara un marco de foto para su mamá con la torre Eiffel, como la que tenía en la mesita de noche.

El día que salí de viaje para venir hasta aquí por trabajo, mi hijo no quiso despedirse de mi porque quería llegar a tiempo a la escuela, así es él. Hoy lo llamé y no soltaba prenda, hasta su padre se molestó con él porque cuando soy mamá en viaje de trabajo me pongo muy melancólica, y no quería que me sintiera mal (cuánto ha mejorado la relación desde que nos separamos). Le dije que esperaría un rato y lo llamaría cuando pudiera estar un poco más tranquilo.

Tuvimos una de nuestra conversaciones especiales, en tono tranquilo. Miraba el mapa de mi viaje, me pidió que abriera un video en YouTube sobre un homenaje al 9/11. Quiso que lo escucháramos juntos, hablamos de muchas cosas y después de una hora de conversación nos despedimos, sintiéndonos mucho mejor los dos (espero).

Las prisas del día a día, la atención al teléfono, la TV y la computadora, nos quitan esos pequeños momentos que hay que atesorar.

Las conversaciones especiales entre padre e hijo que no tienen nada de especial, que no encierran lecciones ni juicios ni dictámenes, que solo comparten y aceptan germinan rápido, curando heridas y restableciendo la comunicación que necesitamos mantener con los hijos. Deberíamos hacer espacio a diario para esas conversaciones y, por raro que parezca, al menos en mi caso eso no siempre sucede, y no es por falta de voluntad sino porque el día puede pasar en un vuelo.

Clarisse Céspedes
Soy periodista y madre de dos hijos que se llevan 10 años de edad, lo más parecido a repetir curso en maternidad. Después de trabajar en prensa, radio y televisión hispana en Estados Unidos durante casi 10 años, me he pasado al mundo de los internautas y trabajo para BabyCenter en Español. Sígueme en @madreinus y Facebook

2 Comments

  1. Gracias, Marina. Hablar con una madre, sobre todo cuando está lejos o ya no está es de las cosas que más extraño a diario. ¡Un abrazo, gracias por tu comentario!

  2. Debo confesar que este post me hizo llorar. Me toco el alama tanto como hija como madre. Mi madre tenia ese toque para hablar conmigo , para explicarme las cosas que no tenia nadie, era la persona en quien mas confiaba y bueno el día que se me fue justo me toco ser madre a mi y me hizo mucha falta su consejo para sentirme segura en mis propias decisiones. Creo que fuiste muy fuerte y muy acertada.Me emociono que dejaras tus propios sentimientos de lado , incluso con la abuela de tu niño para hacer lo mejor por el , me hizo pensar en que sentiría si un día una situación como esta me separara de alguna de mis hijas y mi corazón se comprimió. Que bueno que tu hombrecito tenga una madre fuerte, te felicito.
    Saludos y me encanta tu blog

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