Adolescentes

Cómo poner límites a tus hijos

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-“Prométeme que no se lo dirás”
-“Sí, lo prometo”
-“Si se lo dices, nunca más te daremos juguetes. Nunca más”.

Ojos muy abiertos, y una promesa que sale sin pestañear: “Lo prometo”. Nada puede quebrar una promesa entre hermanos.

Unos minutos después, se abre la puerta de entrada. “¡Está en casa! ¡está aquí!”, exclama el niño de 5 años, corriendo a la puerta y señalando la escalera, tropezando en su prisa por delatar a la hermana.

La madre sube y entra en el cuarto de su hija: “¿qué pasa aquí? ¿quién está aquí?”.

“¿Quién? ¿de qué hablas? Claro que no, ¿por qué?” Es la cara de la santa inocencia, tan sincera como la promesa de silencio que el niño hizo sin pestañear unos minutos antes.

“Dímelo antes que empiece a buscar”. Ojos en blanco, suspiro de incredulidad y tono aburrido: “Ay, mom… busca lo que quieras”.

Por un segundo titubeo. Me siento ridícula, desconfiando. Pero abro la puerta del armario… nada.

Me voy al baño, sintiéndome idiota por desconfiada, pero mi hijo me sigue y se mete conmigo. Hace tiempo que no cierro la puerta: toda madre sabe que en un pipí una cocina se quema, un niño se cae por la ventana o un asesino llama a la puerta.

“¡Que sí está, no buscas bien! ¡Está aquí, en la habitación, donde jugamos!”. Regreso a la habitación y entro en el armario, ya sin disimulo, dispuesta a aclarar el asunto. Y ahí me lo encuentro, acurrucado en el hueco de las maletas, entre ruborizado y divertido. “Hi, Mrs. Cespedes…”.

Esto sucedió cuando mi hija entraba en la adolescencia. Hace poco me contó lo que había pasado con su hermano ese día, cómo la delató después de haberle prometido tantas veces que no lo haría. Nos reímos, pero ahora me va a tocar pasar por lo mismo con el pequeño. ¿Dónde está ese manual que te explica claramente cómo reaccionar en una situación así? ¿Me río, me enfurezco, me marcho enojada?

A medida que crecen los hijos te vas metamorfoseando como padre. Añades el papel de detective, psicóloga y otros, a los muchos (doctora, maestra, animadora, payaso, abogado, árbitro… ) que has ido adquiriendo por el camino.

¿Dónde -y cómo- trazar la línea entre dejarlos que desplieguen sus alas y disciplinarlos? Soy partidaria de dejarlos experimentar, pero eso me ha salido mal en más de una ocasión, como la de arriba. “Hay que hablarles de responsabilidades y consecuencias”, decía la experta de aquella charla para padres. “Hay que poner límites”, me dice la nutricionista al darme la noticia de que mi hijo ha subido de peso este verano.

Y qué es eso de poner límites. Cómo se hace.

Mentirijillas y mentiras

Mi madre dice que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Cuando mi hijo de 5 mintió a su hermana sobre guardar un secreto fue algo inocente porque quería juguetes. Al verme, entendió que su madre era la proveedora oficial de juguetes, y no le importó cambiar de equipo: quería asegurarse la recompensa. Eso es una mentirijilla.

Cuando mi hija de 16 metió al novio en el armario y se tumbó en la cama, tuvo que sacar a relucir sus dotes de actriz. Fue un plan casi maquiavélico para ocultar que no solamente se había saltado la norma de no traer a nadie a casa sin mi permiso sino también la de no dejar entrar a ese mozo en particular. Sentí que no podía confiar en ella, y necesitaba esa confianza para seguir sacando adelante a mi pequeña familia, compuesta solamente por nosotros tres.

¿Esculcar o respetar su privacidad?

En Estados Unidos dicen que tienes que empezar a buscar en los bolsillos de tus hijos, en sus teléfonos y computadora, para ver con quién hablan. Que no tienen derecho a la privacidad por ser menores y no saber los peligros a los que se exponen.

Tienes que tener las antenas desplegadas y el sueño ligero. Levantarte a medianoche a ver qué está pasando y detectar pequeños ruidos, como el de una hija que entra sigilosamente en tu habitación a sacar las llaves del coche de tu bolso o un hijo, algo menos sigiloso, que entra de madrugada a recuperar la computadora o el teléfono que le requisaste cuando lo enviaste a la cama (mi osezno, que entra tropezando y resoplando inocentemente, pensando que no me va a despertar. A veces no puedo evitar reirme).

Ese papel de policía te consume la energía y, para mí, empobrece la relación entre madre e hijo; pero a veces es necesario para saber qué está pasando y evitar males mayores. La presión de las amistades, las ganas de ver hasta dónde pueden llegar en su camino a la independencia y, como me dijo mi hija un día, las ganas “de hacer algo que no está bien” tienen que ponerte en guardia.

A veces me quedaba sentada, con la vista clavada en un punto fijo, pensando en qué hacer, qué consecuencias puede tener esto o aquello, qué pasaría si hago esto o lo otro… y cómo mantener una comunicación efectiva y positiva para evitar que salgan dando un portazo a los 18 y no los vuelva a ver.

Mantente firme en tus decisiones

Es lo más difícil. A nivel personal, me cuesta mucho. Doblemente difícil cuando pasas el día fuera de casa, pero antes de imponer un castigo tienes que estar seguro de que es factible y no perjudicará a nadie más.

Si todos están ilusionados con ir al cine, no es el momento de castigar a tu hijo con un “hasta que no me digas la verdad, de aquí no se mueve nadie”. También es imposible castigarlo de por vida sin teléfono. Y estrellar la computadora contra el suelo es una pérdida tonta de dinero. Esos anticuados gestos de prepotencia paternal son inútiles.

Para que tu hijo sea consecuente, tienes que empezar por ser consecuente tú misma y decidir cuál es el mejor plan de acción. Una vez lo decidas, intenta ponerlo en marcha sin vacilaciones y sin dar vuelta atrás. Si tienes pareja, tiene que haber apoyo incondicional y entendimiento mútuo. Si no funciona, cambia de plan, pero no dejes que tus hijos te perciban como la persona que no cumple lo que dice porque es mal ejemplo y te tomarán el pelo antes que canta un gallo (los niños son aviesos, recuérdalo).

Define las normas de tu casa

Una consejera escolar del pequeño me dio información que encontré muy válida. Me dio a entender que no hay que ver la guerra sino las pequeñas batallas, y hay dos cosas que pueden ayudarte a ganarlas: establecer tus normas de forma clara, y dejarlos que se expresen.

Define tus reglas, discútelas con tus hijos y ponlas sobre el papel: cuélgalas en lugares visibles de la casa. Ellos también pueden contribuir sus propias normas o valores. Ahora está incluso de moda colgar cartelitos con valores morales, son una especie de decálogo o padrenuestro: respetar a los demás, hablar sin gritar ni dar portazos, no mentir, compartir, etc.

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Establece las reglas de convivencia básicas que serán los valores morales que quieren mantener en tu casa, y luego entra en las normas cotidianas: qué es aceptable y qué es inaceptable (llegar a x horas de la noche, dormir con la tecnología, salir de la habitación sin ordenarla). Deja todo claro para que sepan de qué vas porque ellos no pueden leerte el pensamiento y, aunque a veces duden, siempre tendrán en su mente que menganito o fulanito lo hizo, se lo pasó divino, y no pasó nada.

Aprovecha para exponer un pensamiento que profundice sobre alguna de las reglas que consideras más inmportantes, y les inculque buenos valores. No tienes que plagar tu casa con frases, pero es buena idea. Como no tengo familia cerca, y no tienen la conversación regular de su abuela o sus tíos, me ayudan estas cosas.

Cita de Mark Twain Si dices la verdad no tendrás que recordar nada

Deja claras las consecuencias de no seguir lo pactado

Esto lo aprendí en un cursillo para padres del condado: las consecuencias no tienen mucho sentido si se dicen con aire triunfante o alterado, en un momento de demostración de poder (¿te atreves a jugar conmigo? ¡pues vas a ver!). Tiene que quedar claro que son para ayudar a tu hijo a crecer y respetar el entorno familiar, incluso para dar ejemplo a sus hermanos.

Habla con tono calmado, dejando claro que, por encima de todo, te interesa su bien

Haz que entienda que si rompe una norma no existen excusas que lo justifiquen. No hay excepciones y habrá consecuencias.

Si rompe la norma, aplica las consecuencias.

No es fácil. En la adolescencia todo se convierte en una batalla dialéctica y te dan ganas de zanjar la discusión con un “porque lo digo yo”, ante la avalancha de razonamientos y preguntas que suben la presión atmosférica cuando se habla de normas y consecuencias. Contrólate.

Es curioso que decir forma impersonal “habrá consecuencias”, en lugar de “te castigaré” te permite escabullirte un poco de la presión de levantar el castigo ante sus súplicas y chantajes. Es como si las consecuencias cayeran del cielo, algo fuera de tu control. Una vez rota la norma, las consecuencias, simplemente caen.

Asambleas o pow-wows

El concepto de asamblea respira democracia y eso a los niños les gusta. Puede ser durante la cena o en un momento especial, en que reúnas a todos y cada quien tenga su turno de palabra para decir qué cosas les gustan o les disgustan, qué podría hacerse para sentirse mejor en casa.

Funcionan muy bien cuando hay varios hermanos, pero puedes hacerlo igualmente con tu hijo único. Incluye a todos los que vivan en la casa en ese momento y no dejes que la discusión se vaya de la mano: dale un tiempo a cada uno y haz que respeten turnos (tú también).

Consejo: dales algo que les atraiga, como una sesión con palomitas de maíz y mantas por el suelo, o reunirse alrededor del fuego… cuando crecen te puedes encontrar con que te digan “no quiero” y se vayan a su cuarto. Intenta atraerlos de alguna manera.

Estas cosas se hacían antes de forma natural, pero el tiempo de familia no abunda estos días y las pantallas se han apoderado del poco tiempo que queda para ellos. Hay que crear estos momentos de comunicación desde que son pequeños. Yo los llamo anclas, anclas de tus hijos a la vida hogareña y a los padres, a los valores que quieres transmitirles y, en definitiva, a si mismos.

Cuando estén lejos de casa y pasen momentos difíciles, los valores que les has ido inculcando con estas pequeñas batallas los ayudarán, reforzando su autoestima y la sensación de saber quiénes son cuando flaqueen.

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Clarisse Céspedes
Soy periodista y madre de dos hijos que se llevan 10 años de edad, lo más parecido a repetir curso en maternidad. Después de trabajar en prensa, radio y televisión hispana en Estados Unidos durante casi 10 años, me he pasado al mundo de los internautas y trabajo para BabyCenter en Español. Sígueme en @madreinus y Facebook

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