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Cómo despertó el cerebro bilingüe de mi hijo

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cuento en español

“Me gusta que me leas en español”, me dijo mi hijo anoche cuando, después de muchos años, consintió que le leyera algo en mi idioma antes de irse a dormir.

Elegí un cuento que me regaló mi amiga: Lola es despistada, porque pensé que le enseñaría algo a un niño que en una semana ha perdido la chaqueta y la agenda escolar. Me sorprendió que se animara a leer y que leyera palabras que yo no pensaba que supiera. Creo que ni él sabía que las sabía hasta que se las encontró delante.

Cuando era pequeño, Darian iba por el camino de ser un niño perfectamente bilingüe. Cuando nació yo le hablaba solamente en español y desde pequeñito soltaba palabras en una u otra lengua, diferenciándolas bien. Su padre y yo hablábamos español en casa y su hermana mayor fue quien lo introdujo al inglés.

Mi amiga, que estaba dispuesta a criar a sus hijas perfectamente bilingües (y lo ha conseguido) me permitió compartir a su niñera, que hablaba español y se juntaba cada día en el parque con un grupo de niñeras y niños que hablaban español. Sabía que al ir a la escuela el inglés empezaría a ganar terreno rápidamente, así que me pareció muy bien plantar la semilla del español en su cabecita.

cuento en español

Yo me he criado de forma bilingüe casi toda la vida. Nací en Francia, donde me crié hasta los 9 años, así que tuve que incorporar el francés. A los 9 regresamos a España, pero a Barcelona, donde tuve que incorporar el catalán. Cuando llegué a Estados Unidos, tuve que incorporar el inglés. No quise forzar a mis hijos a pasarles un idioma con embudo, pero sí he querido que su lengua materna sea la mía. El resto se lo he dejado a las circunstancias. Sin embargo, la lengua materna no sobrevive tan fácilmente: hay que sembrar constantemente.

Cuando para Darian llegó el momento de ir a la escuela, me separé de su padre, lo cual me convirtió en la única 100% hispanoparlante de la casa. Mi hija se desenvolvía mejor en inglés y era el idioma que usaba con su hermano. La escuela, la TV… todo lo que nos rodeaba y nos rodea es inglés. Al poco tiempo, me encontré reclamando a mis hijos que hablaran más español.

Cuando el pequeño tenía 4 años, yo misma empecé a pasarme al inglés. Para conseguir los mismos resultados de obediencia, imitaba las órdenes de su maestra -mismo idioma, mismo vocbulario- en busca de una reacción rápida cuando se portaba mal. En mi nuevo trabajo se usaba más el inglés para todo y, al cabo de un año, empecé a salir con Moh, que solo hablaba inglés y farsi.

Desde luego, mi inglés mejoró, pero en el seno familiar el español estaba retirando sus tropas. En ese entonces, un grupo de amistades españolas empezó a reunirse para llevar a los niños de cámping y hacer actividades juntos con el propósito de no perder el idioma ni la cultura, y participé lo que pude. Al poco tiempo, Darian empezó a presumir de ser americano.

Creo que, por rechazarme a mi, empezó a rechazar el español. Mi niño sentía mucha pena porque su papá no estaba con nosotros y no me lo podía perdonar. Así que anuló cualquier afiliación con España o el español porque lo último que quería era ser como su mamá.

Cuando surgió un viaje a ver a mi familia, tuve que obligarlo a viajar con nosotros. Al principio lo tenía que empujar a salir a la calle y, poco a poco, fue abriéndose. Un día me dijo: “I want to learn Catalan”. Le atrajo esa lengua que tiene sonidos más parecidos al inglés. De alguna manera, la llave había encajado en alguna cerradura y lo multicultural se quería abrir paso en su cabecita.

Por eso no fue fácil regresar a casa y encontrarnos con que necesitaba darle un buen empujón a la lectura en inglés. Todos los esfuerzos se volvían a concentrar en ese idioma. Digo, los pocos esfuerzos que me deja hacer, porque a mi niño le irrita leer cualquier cosa que no tenga imágenes. Con poco tiempo por mi trabajo y contínuos rechazos, abandoné el intento.

Pero para entonces, mi hija mayor había llegado a esa edad en que los jóvenes se lanzan al rescate de sus raíces culturales. El viaje a España había sido una revelación para ella, que hablaba más español en casa, colgaba banderas, escuchaba a La Quinta Estación y preguntaba constantemente acerca de todo lo que estuviera relacionado con esa lenguay su cultura, desde la cocina hasta la escuela.

Sus primas llegaron a pasar el verano y eso refrescó el ambiente. También llegó mi ex suegra de México y consentí prestarle el niño por una semana para una inmersión de idioma y de cariño. Esas oportunidades de contacto con la lengua son capaces de hacer germinar las semillas que uno planta, a veces casi sin querer o sin esperar gran cosa, y despertar el cerebro bilingüe.

No me había detenido a pensar en eso hasta anoche, cuando mi hijo me dijo: “Me gusta que me leas en español” y leyó él mismo un párrafo, y luego me leyó un libro entero en inglés, SIN IMÁGENES. Me quedé dormida cuando intentaba explicarme la diferencia entre “reading club” y “book club” y me preguntaba: “Entonces, ¿qué tipo de club quieres que hagamos?”. Nunca tires la toalla.

Clarisse Céspedes
Soy periodista y madre de dos hijos que se llevan 10 años de edad, lo más parecido a repetir curso en maternidad. Después de trabajar en prensa, radio y televisión hispana en Estados Unidos durante casi 10 años, me he pasado al mundo de los internautas y trabajo para BabyCenter en Español. Sígueme en @madreinus y Facebook
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