Vida activa

¿Cómo cambio de vida? (si ésta me está matando)

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tenis

En los últimos tres años me he sentido como una piedra, dura e inmóvil. Me encantaba la sensación. Después del tumulto de los años que siguieron a la crisis, con idas y venidas de una ciudad a otra, de un apartamento a otro, de una escuela a otra, había llegado mi turno y me sentía divina, sentada, imperturbable, en el sofá de mi sala o en la hamaca de MI patio de mi casa, mirando hacia la montaña de enfrente como una roca que espera a que la hierba crezca en su superficie.

Tanta tranquilidad me acostumbró a la quietud, y trabajar sentada me mantuvo en esa línea de electroencefalograma plano hasta que la doctora levantó la vista de los resultados de mis análisis:

– “Prediabetes”.

En tres segundos, esa meta tan deseada (especialmente como madre) de estabilidad, se convirtió en mi peor enemigo. Ahora, que por fin me había sentado, tengo que echar a andar de nuevo. Que necesito cambios, me dijo la agorera, “rápidos y drásticos”.

Pienso en mi madre, como hormiguita, que nunca ha dejado de moverse de un lado a otro. A sus 80 años se sienta de un salto en la camilla del doctor, y no quiero ni pensar en la marcha que lleva ahora con el marcapasos.

– “Venga, venga, niña. Qué lenta eres, Jesús”.

La veo en mi mente y me doy cuenta de las cualidades que tenían las madres de otras generaciones, que yo no heredé. Necesito constancia para mantener el ritmo, perseverancia para no detenerlo y rutina como herramienta para abrazar el cambio. Tres palabras que siempre he odiado. Lo repetitivo me engulle el alma y, sin embargo, se ha convertido en mi nueva medicina.

En mi familia están extrañados. Esperaban colesterol, hipertensión, que son términos de nuestro cuño. Pero el azúcar alto, por golosos que seamos cuando se trata de medias lunas, alfajores o mazapán, no es lo nuestro.

“Lo bueno es que puedes revertirlo”. La doctora intentó darme ánimos. Me ofreció apoyo, me dijo que la llame a cualquier hora, que está muy comprometida con esta causa. Tengo que nadar a contracorriente para superar el síndrome metabólico, esa combinación de elevaciones de triglicéridos, presión arterial y glucosa que pide un cambio de estilo de vida.

Así que me puse en marcha. Empecé sin darle muchas vueltas, animándome con la idea de que por fin usaría la pulsera cuentapasos que me regalaron, y la nueva calle que abrieron donde vivo, que permite rodear la cuadra. También me serviría para animar a mi hijo a caminar conmigo y para pasear a la perrita. Quizá añadiría un momento de relajación con mi novio-amigo-quéséyo.

La buena suerte quiso que en mi trabajo organizasen una competición de pasos, así que me apunté, aunque funcionó más la competición interna que la de muy dudosa credibilidad de los equipos asiáticos, donde cada participante hacía… ¿80 mil pasos diarios???

Ahora me llevo mis zapatillas deportivas al trabajo para aprovechar el mediodía. En aquel entonces hacía tres rondas, más visitas al gimnasio. En poco tiempo, empecé a pulverizarme a diario los 10 mil pasos que recomienda al Asociación americana del corazón.

caminar

En unas semanas más pasé a 14 y hasta 17 mil pasos, y tengo que decir que cuando llegué a ese nivel sentí que mi cuerpo y mi mente funcionaban como máquinas perfectas. Mi nivel de energía y optimismo era… óptimo y vigoroso. Y dormía muy bien. Me hacía aguantar bien el estrés.

Cuando sentí que perdía peso, especialmente de la cintura (según la dra. ese es el importante), mi cerebro empezó a contraatacar.

Autosabotaje

Dicen que tardas 3 semanas en convertir algo en un hábito. Yo llevaba dos meses y medio caminando a buen paso, prestando atención al ejercicio y convirtiéndolo en una prioridad.

Poco a poco empecé a pensar en el tiempo que me quitaba tanta caminata. “Con un trabajo tan intenso y un commute tan largo, realmente caminar me quita mucho espacio para dedicarme a mi familia”.

La caminata matinal finalizó porque tuve que empezar a llevar a mi hijo a clase a las 7.30 cada mañana.

La caminata del mediodía finalizó porque también tenía que comer y pensé que si usaba menos tiempo al mediodía, podía salir antes de trabajar. Terminé por abandonar esa caminata y sigo saliendo a la misma hora del trabajo.

A veces me sentía sin fuerzas, agotada, y lo atribuí al ejercicio ¿Será que tanto caminar me va a dañar la salud? Eso también me lo llegué a creer. Pensé que si no caminaba tanto evitaría también problemas en las articulaciones. Las rodillas habían sido mi temor al empezar. Pero mis rodillas no me molestaron para nada en todo el tiempo que caminé.

Luego me dije (todavía con la excusa de las rodillas), que sería mejor empezar a comer menos, hacer track de mi alimentación y hablar con la doctora. Y luego, volver a caminar como antes. Postergar es una treta muy efectiva del autoboicot.

Finalmente, algo que sucedió en casa me cerró definitivamente la puerta a la calle, a las andadas.

Atrás quedaban las sensaciones diarias de triunfo, el placer de sentir cómo la ropa me quedaba holgada y la energía con la que me levantaba y me acostaba cada mañana. Esa parte de mi mente que se rinde sucumbió a la parte más negativa, la que no me deja cambiar.

¿Y qué se puede hacer? Lo único que está en mi mano: volver a ponerme las zapatillas deportivas y abrir la puerta a la calle. Pensar que esto es solo una batalla perdida, no una guerra. Salir de nuevo y sonreir cuando siento mi corazón bombear, porque lo hago por él.

Clarisse Céspedes
Soy periodista y madre de dos hijos que se llevan 10 años de edad, lo más parecido a repetir curso en maternidad. Después de trabajar en prensa, radio y televisión hispana en Estados Unidos durante casi 10 años, me he pasado al mundo de los internautas y trabajo para BabyCenter en Español. Sígueme en @madreinus y Facebook

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